
La campana suena antes del amanecer. Es el sexto día de silencio y el cuerpo ya se ha acostumbrado a la rutina: sentarse, caminar despacio, comer arroz mirando el plato. Y entonces, en mitad de una sentada cualquiera, ocurre algo raro. La sala sigue ahí, con su moqueta y su olor a madera, pero deja de sentirse real. Las manos son manos, pero podrían ser de otro. Nadie levanta la mano para contarlo. Todo el mundo alrededor parece en paz, y decirlo en voz alta suena a estar haciéndolo mal.
Escenas así, con mil variaciones, aparecen una y otra vez en un trabajo que se publicó en 2017 en la revista PLOS ONE. Un equipo de la Universidad Brown, encabezado por Jared Lindahl y Willoughby Britton, entrevistó a sesenta practicantes budistas occidentales y a una treintena de profesores sobre las experiencias difíciles que habían atravesado meditando. De ahí salió un catálogo de cincuenta y nueve tipos de experiencia repartidos en siete dominios: cambios en la percepción, en el estado de ánimo, en el sentido del propio yo, en el cuerpo, en la vida social. Miedo, insomnio, hipersensibilidad a la luz y al ruido, despersonalización, recuerdos que vuelven sin avisar.
La casa que empezó siendo una casa
Britton es investigadora de psiquiatría y meditadora. Cuando empezó a encontrarse con personas que salían de un retiro peor de lo que habían entrado, se dio cuenta de que no existía prácticamente ningún sitio al que mandarlas. Los profesores les decían que siguieran sentándose. Los psiquiatras no sabían muy bien de qué les hablaban. Así nació Cheetah House, en Providence: primero como un lugar físico donde alojar a gente en crisis después de un retiro, y hoy como una organización que ofrece acompañamiento a meditadores con dificultades y formación a los profesores que se los encuentran.
Su existencia dice algo incómodo. Durante veinte años hemos hablado de la meditación como si fuera agua: siempre buena, imposible pasarse. Y resulta que hacía falta una casa.
Ocho de cada cien, y casi nadie preguntando
Los números existen, aunque no salgan en los folletos. En 2020, el psicólogo Miguel Farias y su equipo publicaron en Acta Psychiatrica Scandinavica una revisión sistemática de la literatura: ochenta y tres estudios, más de seis mil practicantes. La prevalencia media de efectos adversos rondaba el 8 %, y los más frecuentes eran ansiedad y síntomas depresivos. Farias lleva años señalando además el punto ciego del asunto: la mayoría de los ensayos sobre meditación ni siquiera pregunta si alguien lo ha pasado mal. Si no preguntas, no encuentras.
Un estudio posterior del grupo de Britton, publicado en 2021, se dedicó a preguntar de forma sistemática a participantes de programas estándar de mindfulness. Una parte importante describió alguna experiencia desagradable ligada a la práctica. Entre un 6 % y un 14 %, según el criterio empleado, contó efectos que duraron más de un mes y le complicaron la vida cotidiana.
Conviene leerlo con calma: la enorme mayoría de la gente que medita veinte minutos por la mañana no va a experimentar nada de esto. Y en las entrevistas de 2017, buena parte de quienes lo pasaron francamente mal seguía valorando la práctica. Pero un 8 % no es una anécdota. Ningún fármaco con ese perfil se vendería sin prospecto.
Por qué los retiros concentran los casos
Casi todos los relatos duros comparten la misma escenografía: muchas horas seguidas de práctica, poco sueño, silencio prolongado, aislamiento del mundo, comida escasa. Diez días sentado ocho o diez horas diarias no es la versión larga de meditar quince minutos. Es otra cosa.
La atención sostenida y sin distracción funciona como una lupa. Coloca lo que hay dentro a un aumento que en la vida normal nunca alcanza. Si dentro hay duelo, insomnio antiguo, un trauma que se lleva guardado con cuidado, la lupa también lo aumenta. Y en un retiro no hay dónde ir: ni una conversación, ni una llamada, ni un paseo hasta el bar de abajo. La contención habitual desaparece justo cuando más se necesitaría.
Las señales de parar
No hace falta un manual clínico para reconocerlas. Basta con darse permiso para mirarlas.
- La sensación de estar viéndote desde fuera, o de que el mundo se ha vuelto de cartón piedra, y que no se va al terminar la sesión.
- Ansiedad o miedo que aumentan sesión tras sesión, en lugar de aflojar.
- Imágenes o recuerdos antiguos que irrumpen con fuerza y te dejan temblando.
- Insomnio nuevo, o dormir mucho peor desde que practicas más.
- Dejar de disfrutar de lo que disfrutabas, o notarte lejos de la gente que quieres.
Si aparecen, lo sensato es reducir o suspender la práctica formal y hablarlo con alguien. Salir a andar. Comer caliente. Llamar a tu hermana. Hay quien lo vive como una derrota, y no lo es: nadie considera un fracaso bajarse de la cinta de correr cuando le duele la rodilla.
Tres preguntas para el profesor
Antes de apuntarte a un retiro o a un curso largo, pregunta. La respuesta importa menos por su contenido que por la cara que ponen al oírla.
¿Qué haces si a alguien le va mal durante el retiro? Si la respuesta es «seguir sentándose» sin matices, mala señal. Si hay un protocolo, alguien de guardia y la posibilidad de parar sin drama, buena.
¿Preguntas por el historial de salud mental antes de admitir a alguien? Un formulario previo con preguntas sobre trauma, ansiedad o episodios psicóticos indica que quien organiza sabe dónde se mete.
¿Has visto casos así? Un profesor con horas de vuelo los ha visto. Quien jura que en veinte años nunca ha pasado nada, o ha tenido mucha suerte, o no está mirando.
Volver a la sala
Practicar con criterio no significa practicar con miedo. Significa tratar la meditación como se trata cualquier cosa lo bastante potente para cambiarte: con respeto por la dosis, atención a lo que te devuelve el cuerpo y la libertad de parar. Los quince minutos de la mañana, con la persiana a medio subir y el café enfriándose al lado, siguen siendo uno de los mejores ratos del día.
Y en aquella sala del sexto día, lo único que hacía falta era que alguien pudiera levantar la mano y decir que no estaba bien, y que hubiera alguien preparado para escucharlo.