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El cepillo de septiembre: por qué se cae más pelo en otoño

septiembre 9, 2026

Marta volvió de Cádiz un martes de septiembre con la maleta llena de arena y el pelo áspero todavía de sal. La primera ducha en casa fue larga. Cuando cerró el grifo y bajó la vista, el sumidero era una madeja oscura del tamaño de una moneda de dos euros.

No le dio importancia. Al día siguiente, otra vez. El jueves, delante del espejo, se quedó mirando las púas del cepillo como quien lee un telegrama con malas noticias.

Llamó a su hermana. «A mí también», le dijo. Y a la vecina. Y a media oficina.

Ocurre todos los años, entre la vuelta al colegio y la primera chaqueta: las consultas de dermatología se llenan de gente convencida de que se está quedando calva. Casi nadie lo está. Lo que hay debajo es un calendario biológico que llevamos en la cabeza sin saberlo.

El pelo lleva su propio almanaque

Imagina un huerto donde cada planta siembra y se recoge cuando le da la gana. No es un bosque de hayas que amarillea entero en noviembre: es un desorden precioso en el que cada uno de los cien mil folículos del cuero cabelludo va a lo suyo.

Cada folículo recorre tres fases. La primera, la anágena, es la de crecer, y dura entre dos y seis años; en ella está la inmensa mayoría del pelo que llevas puesto ahora mismo. Luego llega la catágena, un paréntesis de dos o tres semanas en el que el folículo se encoge y se despide de su riego. Y por último la telógena, el descanso: unos tres meses en los que el pelo sigue ahí, sujeto pero ya inerte, esperando a que el nuevo empuje desde abajo y lo eche.

Esa es la clave que casi nadie cuenta. El pelo no se cae cuando muere. Se cae cuando su relevo llama a la puerta, tres meses después. Entre el disgusto y el sumidero hay un retraso largo, y ese retraso lo explica casi todo.

El verano que el cuero cabelludo tarda en olvidar

A finales de los ochenta, en Sheffield, dos investigadores hicieron algo de una paciencia admirable: siguieron a un grupo pequeño de hombres durante año y medio, contando y clasificando pelos mes a mes. Encontraron un patrón limpio. La proporción de cabellos en fase de reposo subía a finales de verano, muy por encima del resto del año.

Dos décadas después, en el hospital universitario de Zúrich, un equipo repitió la idea a lo grande con más de ochocientas mujeres que acudían preocupadas por la caída, a lo largo de seis años. El mismo dibujo: un pico de cabellos en telógeno en pleno verano. Y como el telógeno dura lo que dura, la cosecha llegaba al suelo del baño en otoño.

Hay una tercera pista, más doméstica. Un análisis publicado en 2018 revisó doce años de búsquedas en Google sobre caída del pelo en varios países y encontró que las consultas se disparan en verano y otoño, y bajan en primavera. En el hemisferio sur, el pico se desplaza medio año, como debe ser. La angustia también tiene estación.

Por qué ocurre, nadie lo sabe con certeza. Se sospecha de la luz, de la melatonina, de una vieja herencia de mamífero que cambiaba el pelaje. Es una de esas cosas que se pueden medir muy bien y explicar bastante mal.

La cuenta de la almohada

La cifra que todo el mundo repite es de cincuenta a cien cabellos al día. Es correcta, pero engaña, porque nadie los pierde a plazos regulares. Si te lavas el pelo cada tres días, lo que ves en la ducha son tres días de caída junta, y la escena impresiona.

Hay una comprobación casera que los dermatólogos hacen en consulta. Se coge un mechón de unos sesenta cabellos entre los dedos y se tira con suavidad, sin hacerse daño, deslizando hasta las puntas. Si en la mano se quedan más de seis, hay caída activa. Si se quedan uno o dos, estás dentro de lo esperable y tu cepillo te está mintiendo.

El otro dato importante no está en el suelo, está en el espejo. Un efluvio estacional tira del pelo entero, con su bulbito blanco en el extremo, y deja la melena igual de tupida en la raya y en las entradas. Se cae mucho y se cae de todas partes, durante unas semanas, y luego para.

Cuándo sí conviene pedir cita

Hay señales que no encajan en el guion de septiembre y merecen una consulta sin darle vueltas:

  • La caída dura más de tres o cuatro meses sin dar tregua.
  • Los pelos nuevos salen más finos, más cortos y más claros que los de al lado. Esa miniaturización apunta a alopecia androgenética, que es otra historia y responde mejor cuanto antes se coge.
  • Se abre la raya, clarea la coronilla o aparece una zona concreta despoblada.
  • Vienen acompañantes: cansancio raro, frío o calor fuera de lugar, piel seca, uñas quebradizas, reglas muy abundantes.
  • Hay un antes y un después identificable: un parto, una operación, una dieta dura, una fiebre alta, un fármaco nuevo.

En analítica, dos sospechosos habituales. La tiroides, porque tanto de más como de menos desordena el ciclo. Y la ferritina, el depósito de hierro, con una trampa que conviene conocer: muchos laboratorios dan por normales valores muy bajos, y buena parte de los dermatólogos prefiere ver la ferritina por encima de treinta cuando hay caída, aunque el informe venga sin asteriscos. Merece la pena preguntar por el número, no solo por el «todo bien».

El pasillo de los champús

Y llegamos a la estantería, que en septiembre se pone especialmente elocuente.

Un champú está en contacto con el cuero cabelludo un minuto, quizá dos, y luego se va por el desagüe. Se registra como cosmético, no como medicamento, de modo que puede prometer fuerza, densidad y vitalidad sin tener que demostrar que detiene nada. La cafeína tópica, que aparece en medio catálogo, se apoya en estudios pequeños y poco concluyentes.

Lo que sí tiene ensayos serios detrás es corto y aburrido: el minoxidil tópico y, en hombres, la finasterida oral. Y ninguno de los dos está pensado para esto, porque un efluvio estacional se resuelve solo. Lo hace en dos o tres meses, mientras el relevo que ya venía en camino sale a la superficie.

El frasco que compres en septiembre acertará casi siempre, claro. Para diciembre habrá parado la caída. También habría parado sin él.

Marta terminó el bote a mediados de noviembre. Para entonces ya no miraba el sumidero, y en la raya le habían salido unos pelillos cortos y tiesos que se le levantaban con la humedad y que ella detestaba cordialmente cada mañana. Eran el verano volviendo a casa, con retraso.