
Septiembre, una terraza a la sombra, dos cafés con hielo. Una amiga se apartó el pelo de la cara y me enseñó los pómulos: unas manchas suaves, color té, con los bordes difuminados, ahí donde antes no había nada. Había pasado dos semanas en Cádiz y estaba desconcertada.
—Es que me puse crema todos los días —dijo—. Del cincuenta. De la buena.
Y era verdad. Se la había puesto. Todos los días. Lo que pasa es que el número grande del bote responde a una pregunta muy concreta, y no era la que le estaba pasando a su cara.
Lo que mide el número grande
El SPF, ese 50 en letras gordas, mide una sola cosa: cuánto tarda tu piel en enrojecerse. Es un índice de quemadura. Y la quemadura la provoca sobre todo la radiación UVB, la que te deja los hombros ardiendo a las seis de la tarde y te obliga a dormir bocarriba.
La UVA no quema. Ese es todo el problema. Entra más profunda, llega a la dermis, y trabaja despacio: pigmento irregular, colágeno que se afloja, esa textura de piel cansada que uno atribuye a los años y que en buena parte se debe a las mañanas de terraza. Atraviesa el cristal de la ventanilla del coche. Está ahí en un día nublado de marzo. No avisa con dolor, así que el cuerpo no aprende a temerla.
Dicho de otro modo: el número que miramos vigila el escozor de esta noche. Las manchas de mi amiga venían de otro sitio.
Un círculo del tamaño de una lenteja
Dale la vuelta a cualquier solar comprado en España y busca un círculo pequeño con las letras UVA dentro. No es decoración de la marca. Es un sello europeo con una regla detrás.
En 2006 la Comisión Europea publicó una recomendación para poner orden en un mercado donde cada fabricante contaba lo que quería. El acuerdo fue este: para imprimir ese círculo, la protección frente a UVA tiene que ser como mínimo un tercio del SPF declarado. Un solar que dice 30 debe ofrecer al menos el equivalente a 10 frente a UVA. Uno que dice 50, al menos 16 y pico. Además, la protección debe extenderse hasta longitudes de onda largas, con un umbral técnico fijado en los 370 nanómetros, que en la práctica impide vender como «amplio espectro» algo que se rinde a mitad del recorrido.
Es una regla proporcional, y ahí está su elegancia y su límite. Un tercio es un suelo, no un techo. Hay cremas que lo superan con holgura y otras que lo rozan, y las dos llevan el mismo círculo. En Japón y buena parte de Asia usan otra notación, los PA seguidos de cruces, de una a cuatro, que sí distingue grados. Cuatro cruces es mucho más que el mínimo europeo.
Si el bote no lleva el círculo, no es que proteja poco frente a UVA: es que nadie ha dicho que proteja.
Por qué una crema europea y una americana no juegan al mismo juego
Aquí está la parte que sorprende a quien vuelve de Nueva York con una bolsa de farmacia.
En Europa los solares son cosméticos. Los filtros se autorizan por una lista y esa lista se ha ido ampliando: bemotrizinol, bisoctrizol, el ecamsule francés, ese grupo de moléculas grandes y estables que aguantan el sol sin degradarse y cubren bien la franja UVA larga. En Estados Unidos, en cambio, el protector solar se regula como medicamento sin receta, y ahí el listón de aprobación es otro. La consecuencia es que su repertorio de filtros lleva décadas casi congelado, con una única excepción concedida en 2006 por una vía distinta y atada a un producto concreto.
Por eso una crema comprada en una farmacia de Málaga, de Lisboa o de Seúl suele defender mejor la franja larga del espectro que muchas de allí, y suele hacerlo con texturas más ligeras, porque los filtros modernos permiten fórmulas que no dejan la cara como una vela. No hace falta ir a buscar nada raro. Lo que hay en el estante de abajo del súper ya juega en esa liga.
La cantidad que nadie se pone
Y ahora la parte incómoda, la que explica los pómulos de mi amiga mejor que ninguna etiqueta.
Los ensayos que otorgan ese 50 se hacen aplicando 2 miligramos por centímetro cuadrado de piel. Es una cantidad generosa, casi teatral. Los estudios de uso real llevan años encontrando lo mismo: la gente se pone entre la cuarta parte y la mitad. Y la protección no baja de forma proporcional, baja bastante más deprisa que la cuenta que uno haría de cabeza.
Traducido a gestos de baño:
- Para cara y cuello, la regla de los dos dedos: un cordón de crema recorriendo el índice y el corazón enteros, desde la base hasta la punta. Parece demasiado. No lo es.
- Para el cuerpo completo en la playa, unos 30 mililitros. El volumen de un chupito.
- Repetir cada dos horas, y después de cada baño y de cada toalla.
La primera vez que aplicas los dos dedos de verdad piensas que te has pasado. Tarda un minuto largo en entrar. Ese minuto es justamente el que separa el número del bote de lo que llevas puesto.
Treinta segundos en el pasillo de la farmacia
Coge el bote y gíralo. Busca el círculo con las UVA. Mira que ponga amplio espectro. Y luego, casi más importante, pregúntate si esa textura te va a apetecer mañana a las ocho y media, con prisa y sin ganas: la crema que mejor protege es la que uno se pone bien, todos los días, sin negociar consigo mismo.
Mi amiga volverá a Cádiz el año que viene. Probablemente al mismo apartamento, con el mismo sombrero y la misma marca de siempre, que tampoco era mala. Solo que esta vez, antes de meterla en la bolsa, le dará la vuelta al bote.