
Hay una bolsa de tela sobre la mesa de la cocina y dentro suenan monedas. El que la ha encontrado al abrir la puerta todavía no sabe cuántas hay. Solo nota el peso, que es mucho, y una nota encima: cien monedas de oro para ti.
Se sienta. Las va poniendo en fila sobre la madera, con ese ruido pequeño y limpio del metal contra la mesa. Y mientras las coloca va pensando en lo que va a hacer con ellas.
Cuenta noventa y nueve.
La moneda que falta
El cuento es viejo y se cuenta de muchas maneras. En casi todas, un rey observa a un sirviente que siempre está contento, no entiende de dónde sale esa alegría con tan poco, y decide ponerlo a prueba: le deja noventa y nueve monedas con una nota que promete cien.
A partir de esa noche el hombre deja de cantar. Busca la moneda por la casa. Sospecha del vecino. No gasta ninguna de las noventa y nueve porque le falta la que las completaría. Y así, sin que nadie le haya quitado nada, se queda sin lo que tenía antes de recibir la bolsa.
Lo que hace que la historia se sostenga siglos después no es la moraleja. Es que la reacción del sirviente nos parece razonable.
Por qué pesa más lo que falta
Hay tres cosas que la psicología ha medido y que explican bastante bien esa noche en vela.
La primera es que perder duele más de lo que alegra ganar. Puestos en una balanza, el malestar de perder algo pesa alrededor del doble que el placer de conseguir eso mismo. Y aunque al sirviente nadie le ha quitado nada, la nota le ha regalado primero cien monedas imaginarias y luego se las ha rebajado a noventa y nueve. Emocionalmente, es una pérdida.
La segunda es la costumbre. Lo bueno se convierte en paisaje a una velocidad asombrosa: un sueldo nuevo, una casa nueva, una buena noticia. Al cabo de unos meses, el nivel de ánimo vuelve a estar donde estaba y lo que era extraordinario pasa a ser el suelo desde el que se mide lo siguiente.
La tercera es que casi nunca medimos en abstracto. Medimos contra alguien: el compañero que gana un poco más, la amiga a la que le salió bien lo que a ti no. La comparación es el termómetro que usamos aunque sepamos que está estropeado.
Las tres juntas hacen que noventa y nueve monedas se sientan como una deuda.
Lo que sí se puede hacer con esto
No consiste en repetirse que hay que estar agradecido. Eso, dicho así, resbala.
Funciona mejor bajar al detalle: no «tengo salud», sino que esta mañana te has atado los zapatos sin pensar, has oído el hervidor desde el pasillo y has bajado las escaleras sin agarrarte a la barandilla. La gratitud vaga se evapora; la que nombra cosas concretas se queda un rato.
Y hay una pregunta que sirve para desmontar la moneda que falta: ¿la quiero porque la quiero, o porque he decidido que sin ella el resto no cuenta? Son dos deseos distintos. El primero se persigue con tranquilidad. El segundo convierte todo lo demás en sala de espera.
Cuando esto pasa en una casa
El cuento tiene una versión doméstica que no aparece en las moralejas y que hace más daño que la original: cuando alguien vive contando lo que falta, deja de ver lo que los demás ponen. Se agradece poco y se reclama mucho, y la otra persona acaba sintiendo que nada de lo que hace se registra.
Eso se nota antes en el tono que en las palabras. Y tiene arreglo mientras se diga en voz alta.
Vuelta a la mesa de la cocina
La bolsa sigue ahí, con sus noventa y nueve monedas alineadas y brillando bajo la luz de la cocina. Son exactamente las mismas que hace un rato, cuando todavía no las había contado y ya estaba haciendo planes.
Lo único que ha cambiado en toda la escena es el número que él esperaba encontrar.