
El primer y segundo sueño en la Edad Media empezaban con el mismo sonido: la brasa que cruje cuando el fuego se va apagando. Se cerraba la puerta, se echaba la última leña y la casa entera se iba a la cama poco después de que oscureciera. Horas más tarde, en mitad de la noche, la gente se despertaba. Sin alarma y sin angustia. Como quien sale un momento al pasillo.
Lo que pasaba en esa hora despierta lo ha ido reconstruyendo durante décadas un historiador estadounidense. Y la historia tiene más matices de los que suelen contarse.
Un historiador entre diarios y actas judiciales
Roger Ekirch, profesor en Virginia Tech, estaba estudiando la noche en la Europa preindustrial cuando empezó a encontrarse una expresión que se repetía: «first sleep», el primer sueño. Aparecía en diarios personales, en declaraciones ante los tribunales, en manuales médicos, en libros de oraciones. Y casi siempre con su pareja, el segundo sueño.
En 2001 lo contó en un largo artículo de The American Historical Review, «Sleep We Have Lost: Pre-industrial Slumber in the British Isles». Su tesis es sencilla de decir: durante siglos, mucha gente no dormía la noche de un tirón, sino en dos tramos separados por un rato de vigilia tranquila.
Qué se hacía en la hora despierta
Ahí está lo bonito. Los papeles hablan de gente que rezaba, que avivaba el fuego, que se levantaba a orinar o a mirar a los animales. De parejas que hablaban en voz baja o hacían el amor. De quien se quedaba quieto, a oscuras, repasando lo que acababa de soñar, porque la noche se tenía por buen momento para entender los sueños. Algunos visitaban a los vecinos. Otros, según las actas, aprovechaban para robar.
Imagínalo como un paréntesis. La casa a oscuras, el cuerpo caliente bajo la manta, la cabeza todavía blanda. Ni del todo dormido ni del todo en el día.
El primer y segundo sueño en la Edad Media y después
Aquí conviene ser honestos con las fechas. La mayor parte de lo que reunió Ekirch sale de las Islas Británicas y de los siglos XVI al XVIII, ya entrada la Edad Moderna. La Edad Media aparece, pero con menos papeles: Chaucer, por ejemplo, ya habla del «primer sueño» de una de sus damas en Los cuentos de Canterbury, a finales del siglo XIV. El hábito venía de lejos, pero la mayoría de las pruebas son posteriores.
Según Ekirch, la costumbre se fue perdiendo entre los siglos XVII y XIX, a medida que el alumbrado se hizo barato y la gente empezó a acostarse más tarde. Con menos horas de cama, el sueño se compactó en un solo bloque.
Hay un experimento que va en esa dirección. En 1992 el psiquiatra Thomas Wehr, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, tuvo a un grupo de voluntarios con solo diez horas de luz al día en lugar de dieciséis. Al cabo de unas semanas su sueño se partió en dos tramos de varias horas, con una a tres horas despiertos entre medias.
Lo que las pruebas no dicen
Y aquí está la parte que suele quedarse fuera. Que nuestros antepasados durmieran así en ciertas épocas y lugares no demuestra que sea el sueño «natural» del ser humano.
En 2015 un equipo dirigido por Gandhi Yetish y Jerome Siegel midió con sensores cómo duermen tres pueblos sin electricidad: los hadza de Tanzania, los san de Namibia y los tsimane de Bolivia. Ninguno se acostaba al ponerse el sol: de media, se dormían tres horas y pico después. Dormían entre 5,7 y 7,1 horas. Y su sueño no se interrumpía con largos ratos despiertos.
Entre los ju/’hoansi del Kalahari, la antropóloga Polly Wiessner sí anotó en los años setenta que hacia las dos de la madrugada, lo que ellos llamaban «el pequeño día», algunos adultos se despertaban, fumaban y avivaban el fuego. Pero era algo de algunos, no un horario compartido.
Lo más prudente es pensar que el doble sueño fue una forma de dormir que aparece cuando las noches son largas y uno se acuesta pronto, más que un reloj escondido en el cuerpo. Si tú te despiertas a las tres y no vuelves a dormirte, puede que no tenga nada de medieval. Si te pasa a menudo y te deja sin fuerzas, merece una consulta.
Lo que sí podemos tomar prestado
Quizá la idea más amable es la actitud. Aquella gente no vivía el despertar nocturno como un fracaso. No miraba la hora. Se quedaba a oscuras con su pensamiento o con la persona de al lado, y luego volvía a dormirse.
La próxima vez que abras los ojos en mitad de la noche, prueba a no encender la pantalla. Escucha la casa. A lo mejor, en algún sitio, todavía cruje una brasa.