
San Agustín y Tertuliano eran africanos, y lo eran con la piel, el acento y el paisaje. Lo recordó Miguel de Unamuno en 1906, en una frase que se cita mucho y se lee poco: «Africano y antiguo es San Agustín; lo es Tertuliano». Si cierras los ojos al leerla, quizá te llegue el olor a sal y a piedra caliente de una costa que no solemos asociar con los padres de la Iglesia.
Esta es una invitación a mirar ese mapa despacio. Sin prisa, como se pela una naranja en una terraza al atardecer.
Una frase escrita en Salamanca
Unamuno la publicó en diciembre de 1906 en La España Moderna, dentro del ensayo «Sobre la europeización». Discutía con quienes pedían que España se pareciera a Francia o Alemania, y les respondía con dos nombres del norte de África. Cuenta que, dándole vueltas a todo aquello, se fue a leer «las Confesiones del gran africano a la antigua».
Es un gesto que se entiende bien. Cuando una discusión te cansa, abres un libro viejo. Y aquel libro viejo había sido escrito al otro lado del Mediterráneo.
San Agustín y Tertuliano eran africanos: dónde nacieron y dónde vivieron
Agustín, de Tagaste a Hipona
Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, la actual Souk Ahras, en el noreste de Argelia. Su padre, Patricio, era pagano. Su madre, Mónica, cristiana. Los estudiosos coinciden en general en que la familia era de origen bereber, muy romanizada, y que en casa se hablaba latín. Él lo dominó como pocos. El griego, en cambio, nunca le entró del todo.
Estudió en Madauros y, con diecisiete años, en Cartago. Luego vinieron Roma y Milán, el bautismo a manos de Ambrosio en la Pascua de 387 y el regreso a África. En Hipona, la actual Annaba, fue ordenado sacerdote y después obispo, cargo que ocupó hasta su muerte el 28 de agosto de 430, con los vándalos sitiando la ciudad. Lo cuenta con detalle la biografía de Agustín de Hipona.
Tertuliano, la voz de Cartago
Tertuliano nació hacia el año 155 en Cartago, cerca de la actual Túnez, y murió pasado el 220. Fue el primer autor cristiano que dejó una obra extensa en latín, y el primero que se sepa que usó la palabra trinitas. Hacia el 197 escribió el Apologeticum, una defensa de los cristianos dirigida a los magistrados romanos.
Su prosa es áspera, rápida, llena de preguntas. Suya es aquella de «¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?», en De praescriptione haereticorum. Si Agustín escribe como quien se confiesa a media voz, Tertuliano escribe como quien discute en una plaza a mediodía.
El paisaje que los rodeaba
Imagina el puerto de Hipona en el siglo IV. Barcos cargados de grano y aceite camino de Roma. Un foro con columnas, termas, casas con suelos de mosaico. Olivos en las colinas. El latín en el foro y otras lenguas en el mercado.
Hoy, en Annaba, las ruinas de Hippo Regius siguen a la vista, a las afueras de la ciudad moderna. Encima, en una colina que mira al mar, se levanta la basílica de San Agustín, empezada en 1881 y consagrada el 29 de marzo de 1900, con un estilo que mezcla lo bizantino y lo morisco. Las crónicas de su construcción cuentan que domina los restos de la ciudad antigua.
Cartago, a unos cuantos kilómetros del centro de Túnez, es Patrimonio de la Humanidad desde 1979. Entre las villas blancas de los barrios residenciales asoman termas, cisternas y los puertos púnicos. Allí estudió Agustín de joven, y allí escribió Tertuliano.
Leerlos ahora, sin prisas
No hace falta viajar para acercarse a ellos. Basta con una lámpara, una taza de algo caliente y uno de estos libros:
- Confesiones, de Agustín. Escritas hacia el 397-400. Se pueden leer a sorbos, un libro por noche. El jardín de Milán del libro VIII, con la voz que dice «toma y lee», es de las páginas más citadas de la literatura antigua.
- Apologético, de Tertuliano. Breve y combativo. Ayuda a entender cómo era ser cristiano en una ciudad romana del siglo II.
- «Sobre la europeización», de Unamuno. Dos o tres cafés de lectura. Sirve para ver cómo un escritor español de 1906 miraba hacia el sur en vez de hacia el norte.
Agustín, Tertuliano, Cipriano de Cartago: buena parte del cristianismo latino se pensó y se escribió en esa orilla. Lo sabemos, pero se nos olvida, porque los mapas mentales que heredamos ponen a Europa en el centro y al norte de África en el margen.
Quizá la próxima vez que abras las Confesiones notes el sol de Hipona en las páginas. Y la sal en la luz de la tarde.